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Orgullo [Día 6] | Gaby Moreno
Publicado por: | 12 octubre, 2017 |

Nota del editor: La siguiente colaboración de Gaby Moreno es parte de una serie intitulada: “Voz desde el desierto”.

El desierto, el lugar de sequía, soledad, oscuridad. Las horas negras del alma.

En el trato con Su pueblo Dios lleva a cada creyente a pasar por uno o varios desiertos durante el caminar de su vida cristiana. Todos y cada uno de ellos tienen la finalidad de hablar a su corazón, para mostrar qué hay en él, para probar y pesar los corazones, para mostrarles que Él es  Suficiente, para prepararles en el ministerio, para disciplinarles por su desobediencia; y en algunos casos más, para humillar el corazón del cristiano que se ha olvidado que el Señor es Dios, que todo lo ha recibido de gracia por lo cual no hay nada de lo cual enaltecerse; pues aun las buenas obras han sido dispuestas por el Señor de antemano para andar en ellas.

“Antes del quebrantamiento es la soberbia, Y antes de la caída la altivez de espíritu” (Proverbios 16:18.)

En el caminar del cristiano hallamos todo tipo de conflictos: Al principio luchamos con la inseguridad sobre la salvación, sobre el amor permanente de Dios, sobre si aun me amará y perdonará a pesar de seguir pecando; pero conforme vamos avanzando y vamos afirmando estas verdades en nuestro corazón, comienza a aparecer otro tipo de males: Tenemos la tendencia a olvidar de dónde fuimos sacados; a olvidar que todo lo que tenemos, sabemos, somos no es mas que una gracia del Señor; que si no fuera por Su gracia y misericordia nosotros estaríamos irremediablemente perdidos. Nos llenamos de un necio orgullo y un ridículo sentido de autosuficiencia, y terminamos siendo fariseos modernos, olvidando la misericordia a otros y la humildad ante el Señor.

Fuera del Señor y de la dependencia continua a Él  no hay gozo verdadero. El Señor en su gran amor nos lleva al desierto, dejándonos a merced de nuestro propio corazón, pozo profundo y lleno de toda clase de males, que de no ser por Su gracia estaría de continuo inclinado al mal. Ahí es donde decidimos en nuestra arrogancia ser nuestro propio Dios, creernos tener el control de nuestra vida y nuestras decisiones tomadas sin tomar en cuenta Su voluntad, Su gloria y Sus propósitos. Mira la historia de Nabucodonosor:

“​Al cabo de doce meses, paseando en el palacio real de Babilonia, habló el rey y dijo: ¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad? Aún estaba la palabra en la boca del rey, cuando vino una voz del cielo: A ti se te dice, rey Nabucodonosor: El reino ha sido quitado de ti; y de entre los hombres te arrojarán, y con las bestias del campo será tu habitación, y como a los bueyes te apacentarán; y siete tiempos pasarán sobre ti, hasta que reconozcas que el Altísimo tiene el dominio en el reino de los hombres, y lo da a quien él quiere. En la misma hora se cumplió la palabra sobre Nabucodonosor, y fue echado de entre los hombres; y comía hierba como los bueyes, y su cuerpo se mojaba con el rocío del cielo, hasta que su pelo creció como plumas de águila, y sus uñas como las de las aves.  Mas al fin del tiempo yo Nabucodonosor alcé mis ojos al cielo, y mi razón me fue devuelta; y bendije al Altísimo, y alabé y glorifiqué al que vive para siempre, cuyo dominio es sempiterno, y su reino por todas las edades. Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces? Ahora yo Nabucodonosor alabo, engrandezco y glorifico al Rey del cielo, porque todas sus obras son verdaderas, y sus caminos justos; y él puede humillar a los que andan con soberbia” (Daniel 4:29-35,37).

Pero así actúamos como a Nabucodonosor con esa dureza del corazón, esa vida de disipación, ese vivir tomando decisiones necias como si fuéramos animales del monte cubiertos por el rocío, sin entendimiento, sin juicio, sin sabiduría. Nos vemos como el hijo prodigo disipando los bienes del Padre, todo a cambio de deleites temporales. Todo esto es mero orgullo.

Mas llega el momento en que al igual que Nabucodonosor entendemos que Dios es Dios, ¡¡Es el Soberano de la tierra!!… Que no hay nada que no esté bajo Su dominio y gobierno; y al igual que el hijo prodigo en medio del hato de cerdos deseando comer de las algarrobas que ellos comían, recobramos la sensatez, “¿Qué hago aquí? En casa de mi Padre nada me hacía falta; mi propia y necia voluntad me ha derribado; volveré a casa de mi Padre…” (Lucas 15:17-20). Con un corazón humilde reconoce su necedad, la necedad de creerse sabio en su propia opinión en lugar de reconocerle a Él:

“Fíate de Jehová de todo tu corazón, Y no te apoyes en tu propia prudencia.  Reconócelo en todos tus caminos, Y él enderezará tus veredas.  No seas sabio en tu propia opinión; Teme a Jehová, y apártate del mal” (Proverbios 3:6).

Digamos como el publicano: “Se propicio a mi pecador…” (Lucas 18:13).

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