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Ofrendar para la gloria de Dios
Publicado por: | 11 diciembre, 2015 |

1 Corintios 10:31 “Entonces, ya sea que comáis, que bebáis, o que hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios”.

“No estoy convencido de dar”…

Existen ideas entre los hermanos de la fe que afirman que no ofrendan porque no están convencidos de hacerlo ni impulsados a ello; aún cuando se tienen suficientes posibilidades económicas. La frase de “no estoy convencido de dar” es muy común entre las congregaciones locales que han sido instruidas acerca de que el diezmo no es una norma obligatoria y legal para el sostenimiento de la Iglesia y en el progreso del Evangelio (en cuanto a los diezmos, es un tema que ya he tratado en otro artículo: “10 Observaciones acerca del Diezmo y de la Ofrenda”). Por supuesto, no se trata de que nosotros estemos obligados a ofrendar ni de establecer tarifas de ninguna clase, pues la misma Escritura nos enseña: “Que cada uno dé como propuso en su corazón, no de mala gana ni por obligación, porque Dios ama al dador alegre” (2 Corintios 9:7).

Más bien, lo que se señala es la falta de motivación por la cual no se está convencido de dar ofrendas (como hemos dicho, cuando hay posibilidades). Por ende, 1 Corintios 10:31 suple esta carencia: Nos dice que si hacemos cualquier otra cosa, su destino sea para la gloria de Dios. La frase “cualquier otra cosa” implica todo lo relacionado con nuestro culto racional a Él (Léase Romanos 12:1). Por consiguiente, las ofrendas caben dentro del apartado de “cualquier otra cosa”, ya que las mismas son actos de adoración al SEÑOR: Las ofrecemos voluntariamente a un Dios Creador, Rey, Soberano y Salvador (Léase Génesis 22:5-8; Éxodo 29:18, 25, 41; Levítico 1:9, 13, 17; 2:2, 12; 3:5; Salmo 51:15-17, 19; etcétera).

Glorificando a Dios en las ofrendas

Aunque parte del capítulo 10 de 1 Corintios nos remite sobre la comida ofrecida a los ídolos y al sabio uso de la conciencia cristiana, de este pasaje se desprenden una serie de principios bíblicos relacionados con glorificar a Dios en todas las cosas y aplicados a la práctica de ofrendar:

En primer lugar, damos porque es un acto de amor que se demuestra en glorificarle a Él. Si nos dio por amor y gracia lo más preciado que es Su salvación que es en Cristo Jesús, nuestros bienes y ofrendas no se comparan a nivel con el regalo de la vida eterna y otras bendiciones espirituales. Sin embargo, damos aquello porque alguien nos ha amado en primer lugar y se dio a Sí mismo por gracia (Léase Juan 3:16; 2 Corintios 8:9; 1 Juan 4:19). Damos de gracia lo que recibimos de gracia y movidos por un profundo amor al SEÑOR por sobre todas las cosas (Léase Mateo 10:8; 22:37). El amor a Dios es nuestro máximo impulsor y deber.

Aunado a lo anterior, recordemos que dar gloria a Dios consiste en reconocer, exaltar y amar Sus perfecciones y virtudes; además de proclamarlas a otros: “No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, por tu fidelidad” (Salmo 115:1). Es decir, el solo hecho de preocuparnos de que Dios sea glorificado es una muestra de amor a Él aún en el acto de ofrendar.

En segundo lugar, damos porque Dios debe recibir toda la gloria. Por muy pequeña que sea nuestra ofrenda, aun en la sencillez le glorifica. La cantidad es lo de menos; según los medios de cada uno y cómo se lo han propuesto en su corazón (Léase 1 Corintios 16:1-2; 2 Corintios 8:11-12; 9:7). El acto de dar aquello que hemos recibido de Su mano redunda para Su gloria; puesto todo cuanto se nos ha dado tienen ese propósito ulterior. No son las cosas en sí mismas las que tuviesen un efecto glorificador (sean bienes, servicios o el dinero); sino porque Él es quién las ha hecho, las ha provisto y nos ha bendecido con ellas. Dios se alegra en Sus obras porque tienen Su sello y Su gloria (Léase 1 Crónicas 29:11-14; Salmo 19:1; 104:31).

Por ello, cuando damos ofrendas, ellas nos dan un recordatorio de Su gloria como Dios que reina, siendo Él el centro de nuestra adoración. Ofrendar para la gloria de Dios, no es tan diferente como cuando damos gracias por los alimentos o cantamos alabanzas mientras trabajamos. Vivimos para rendirle todo honor y devoción al SEÑOR porque somos Suyos en Cristo (Léase Romanos 14:8). Como bien enseña el Catecismo Menor de Westminster: “El fin principal del hombre es el de glorificar a Dios, y gozar de él para siempre” (Pregunta °1). El SEÑOR no sólo merece recibir toda la gloria, sino que debe recibir toda la gloria que Él demanda.

En tercer lugar, las ofrendas se administran para glorificar a Dios. Las Escrituras nos enseñan que todo cuanto hay en la Tierra es propiedad del SEÑOR; incluido Sus criaturas (Léase Salmo 24:1; Ezequiel 18:4). Las posesiones y riquezas ciertamente las podemos disfrutar sanamente, sin entrar en la necesidad de atesorarlas a nivel de codicia. Las riquezas también contribuyen a proclamar la gloria de Dios cuando están dentro de Su voluntad y bendición (Léase 2 Corintios 8:13-15; 9:7-11).

Dicho de otro modo, somos administradores de los bienes que se nos han confiado y a las que algún día tendremos que rendir cuentas. Por tal motivo, hemos de ser sabios para administrar todo cuanto se nos ha dado por gracia a fin de que la gloria de Dios sea evidente en nuestra vida diaria (Léase Romanos 16:9).

En conclusión…

¿Qué más convicción de dar se quiere tener que la sola gloria de Dios? No hay mayor convicción para ofrendar que el que Dios sea glorificado. Por lo tanto:

¡Sólo a Dios la Gloria!


*Las referencias bíblicas están tomadas de la versión “La Biblia de las Américas” (LBLA), a excepción de que se indique expresamente otra versión.

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