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Manifiesto
Publicado por: | 15 abril, 2015 |

LO QUE NOSOTROS CREEMOS

Aunque nuestro equipo editorial “Meditar en Su Palabra” lo conforman hermanos en la fe de distintas partes del mundo y de trasfondos denominacionales diferentes, compartimos en común una serie de creencias y convicciones bíblicas:

La Autoridad de La Biblia

Creemos que la Biblia, con sus 66 libros, es nuestra máxima autoridad y norma de fe y conducta; cuyos escritos originales son inerrantes e infalibles; pues son la Palabra de Dios inspirada por el Espíritu Santo; y contiene todo lo necesario para nuestra salvación y nuestra santificación (Léase Efesios 4:13; 2 Timoteo 3:15-17; 2 Pedro 1:20-21 y 3:15-16).

Dios

Creemos en el Único Dios verdadero, que posee los atributos de: Santidad, aborrecimiento al pecado, justicia, infinitud, inmortalidad, invisibilidad, de entendimiento infinito, omnipotencia, incambiabilidad, inmutabilidad, incomparabilidad, perfección, asombro y majestuosidad, lleno de gracia, es Espíritu, Amor, y veraz en Sus actos. (Léase Éxodo 15:11, 34:6; Levítico 11:44; 1 Reyes 8:27; Salmo 5:5, 90:2, 139:7-21, 145:17, 147:5; Isaías 40:6-7, 18-25; Malaquías 3:7; Mateo 5:48; Juan 1:18, 3:33, 4:24; 1 Timoteo 1:17; Santiago 1:17 y 1 Juan 4:8-16). Por tanto, Él es digno de ser plenamente adorado y ser servido, y cuyo Nombre debe ser proclamado y exaltado.

La Trinidad

Creemos que hay un solo Dios en el cual hay tres personas eternas, distintas y simultáneas: el Padre, el Hijo (Jesucristo) y el Espíritu Santo. Los tres son un Dios, co-eternos, co-iguales entre sí, etcétera (Léase Génesis 1:26-27, 3:22; Isaías 44:6,8, 45:5; Mateo 3:17, 28:19; Lucas 10:35 y 2 Corintios 13:14).

Profundizando más sobre este punto, el mismo SEÑOR Jesucristo enseñó durante Su ministerio la distinción de las Personas en la Divinidad en términos muy específicos de la relación entre ellos como: Padre, Hijo y Espíritu Santo, asidos en un mismo estado de unidad (Léase Zacarías14:9; Mateo 28:19, 11:25-27; Juan 1:18, 14:16-17, 15:26, 17:11-26 y Apocalipsis 15:3).

Los términos “Trinidad” y “Personas” son pobres para la realidad que representan. Se usan para intentar explicar el ser de Dios, y para hablar con propiedad del SEÑOR nuestro Dios como de un SEÑOR y como de una TRINIDAD y estar completamente en armonía con las Sagradas Escrituras (Léase Génesis 11:7; Isaías 6:8; Mateo 3:16 y Lucas 3:21).

Dios en la Persona del Padre

Creemos que en la naturaleza y ser de Dios existe la persona del Padre, y sus relaciones se conocen de cuatro maneras:

a) La relación del Padre con el Hijo es de paternidad (Léase Juan 10:30)

b) La relación del Hijo con el Padre es filial (Léase Juan 15:10)

c) La relación del Padre y el Hijo con el Espíritu Santo es de procedencia y envío (Léase Lucas 24:49; Juan 14:26; 15:26 y Romanos 8:9)

d) La relación del Dios Trino respecto a la creación es de origen, preservación, providencia y redención (Léase Génesis 1:1-2; Salmo 104:30; Juan 1:3 y 1 Pedro 1:2)

Todo esto conforme al testimonio de la Biblia (Léase Génesis 1:26; Juan 10:18-19, 16:13-15, 17:21; Efesios 1:13 y  Colosenses 1:15-20).

Dios en la Persona del Hijo

Creemos que en la naturaleza y ser de Dios existe la persona del Hijo, el SEÑOR Jesucristo. Afirmamos que Dios mismo se encarnó en la persona de Jesús, agregándole a Su naturaleza divina la naturaleza humana. Actualmente es tanto humano como divino y por lo tanto, conserva Sus dos naturalezas. Sin embargo, Él es una persona, no dos. Él no es parte Dios y parte hombre y Sus dos naturalezas son totalmente santas (Léase Juan 1:1-3,14; Filipenses 2:5-11; Colosenses 2:9; 1 Timoteo 3:16 y Hebreos 1:5-13).

Afirmamos que Jesús es el Hijo de Dios, engendrado en el vientre de María, siendo concebido por el Espíritu Santo, y cuyo nacimiento fue de carácter milagroso. Así mismo, Él es el “Hijo del Hombre”, quien por ser Dios, es “Emmanuel”: “Dios con nosotros”; dicho nombre comprende a Dios y al hombre en una sola persona, engendrado en María (Léase Isaías 7:14; Mateo 1:23; Lucas 1:31-35, 42; Hebreos 7:3; 1 Juan 3:8, 4:2-10; y Apocalipsis 1:13-17).

Afirmamos lo siguiente acerca de la Persona y Obra del SEÑOR Jesucristo, conforme al testimonio de la Palabra de Dios:

a) Su preexistencia (Léase Isaías 9:6-7; Miqueas 5:2; Juan 1:1; Filipenses 2:6; Colosenses 1:15-17 y Apocalipsis 1:4, 8).

b) Su vida santa y recta (Léase 2 Corintios 5:21; Hebreos 4:15; 1 Pedro 2:22 y 1 Juan 3:5).

c) Sus señales y milagros (Léase Isaías 53:4; Lucas 7:22-23 y Mateo 8:16-17).

d) Su obra sustitutiva en la Cruz (Léase Juan 3:16; Romanos 5:8; 1 Corintios 15:3-4 y 1 Pedro 1:18-21).

e) Su resurrección de entre los muertos (Léase 1 Corintios 15:3-8).

f) Su exaltación a la diestra de Dios (Léase Marcos 16:19; Hechos 2:32-35, 5:30-31; Filipenses 2:5-11; Hebreos 1:3b, 8:1-2 y 10:12).

f) Su segunda venida (Léase Mateo 24:30; Hechos 1:11; Tito 2:13 y Apocalipsis 19:11-16).

Afirmamos también que el nombre de El Señor Jesucristo es un nombre propio que expresa su soberanía, misión y exaltación, para que nosotros en Su nombre doblemos nuestras rodillas y confesemos que Él es el Señor para la gloria de Dios Padre, hasta que venga el fin, cuando el Hijo se sujete al Padre y Dios sea en todos a fin de que solo Él sea exaltado por siempre. Se atribuyen al Hijo todos los atributos de la Deidad, para darle la honra y gloria contenidos en todos los nombres de la Divinidad (excepto en aquellos que expresan relación, con referencia a Dios en la persona del Padre; léase Mateo 28:18; Efesios 1:21 y Hebreos 1:3).

Dios en la Persona del Espíritu Santo

Creemos que en la naturaleza y ser de Dios existe la persona del Espíritu Santo. Afirmamos que el Espíritu Santo es una persona divina, que posee los atributos de Omnisciencia, Omnipresencia, Omnipotencia, Eternidad, y a quien se le confiere igualdad de majestad y rango en la Trinidad, aunque distinto del Padre y del Hijo respecto a operaciones que lo distingue de los mismos; además da vida espiritual, santifica e imparte dones como quiere  (Léase Mateo 12:31, 28:19; Lucas 1:32, 35, Salmo 139:7-10; Juan 3:3-8; 14:16, 26; 15:26, 16:12-13; Hechos 5:3, 34; Romanos 15:16; 1 Corintios 12:2-11; 2 Corintios 13:13; 2 Tesalonicenses 2:13 y Hebreos 9: 14).

Afirmamos que el Espíritu Santo realiza o realizó las siguientes actividades: Resucitó a Cristo de la muerte, hace milagros, tomó parte de la creación, genera vida espiritual y santificación e imparte dones a la Iglesia (Léase Génesis 1:2; Mateo 12:28; Juan 3:3-8; Romanos 15:16, 19; 1 Corintios 12:4-11; 2 Tesalonicenses 2:13 y 1 Pedro 3:18).

Afirmamos que el Espíritu Santo es una persona sin forma corporal y real por poseer atributos y capacidades que constituye una personalidad como pensar, sentir y determinar, enseñar, Escuchar y hablar, testificar acerca de Cristo; nos anima, nos aconseja, nos hace darnos cuenta del pecado, ora por nosotros, envía gente, siente dolor, puede ser resistido y ser probado (Léase Juan 14:16, 26, 15:26, 16:8; Hechos 5:9, 7:51, 9:31, 13:2-4, 7; Romanos 8:26; 1 Corintios 2:10-13, 12:11 y Efesios 4:30).

El hombre y su caída

Creemos que el hombre es creado a la imagen de Dios, y cuyo origen fue en un estado inocencia y santidad iniciales (Léase Génesis 1:26-31; y el capítulo 2). Sin embargo, el hombre voluntariamente pecó, desobedeciendo el mandamiento de no comer del fruto del Árbol del Conocimiento del bien y del mal; perdiendo dicho estado original, su relación con Dios y su estadía en el Paraíso; como parte de las consecuencias del juicio divino (Léase Génesis 3). De este modo, con la entrada del pecado en el mundo, el hombre se ha vuelto incapaz de buscar y amar a Dios, digno de Su ira, es corrupto, caído y malvado; estando muerto en sus delitos y pecados desde antes de su concepción. Según la Biblia, este estado de perdición se le conoce también como no regenerado o no nacido de nuevo. Este estado es parte de la enseñanza o doctrina de la “Depravación total del hombre” o “Corrupción total del hombre”; esta enseñanza NO significa que el hombre sea tan malo como pudiera llegar a ser; sino que todo su ser y su raíz (espíritu, alma y cuerpo, mente, emociones, voluntad, conciencia y memoria) ha sido contaminado por el pecado (Léase Salmo 58:3; Romanos 3:10-12, 5:19; y Efesios 2:1-3). El castigo eterno es el infierno y la separación de la presencia bendita de Dios son las consecuencias de una persona pecadora no regenerada (Léase Romanos 6:23; Hebreos 9:27 y Apocalipsis 20:1-5).

La salvación por la gracia de Dios

Creemos que la única esperanza de redención para la humanidad está en la gracia del SEÑOR Jesucristo, en quien se halla la vida eterna y la reconciliación y solo por medio de la predicación del Evangelio. Es una salvación enteramente de Dios y por gracia, que ha sido decretada desde la eternidad, escogiendo aquellos que por su propósito ha decidido salvar. La Salvación es obra absoluta de Dios en Cristo Jesús:

a) Son predestinados: El Padre ha predestinado que aquellos que son de Cristo son escogidos para salvación y sean hechos conforme a la imagen de Su hijo: En carácter, en frutos y buenas obras (Léase Romanos 8:29; Efesios 1:4-6, 2:10; 2 Tesalonicenses 2:13-14; 1 Juan 2:3-6).

b) Son redimidos: El Padre ha comprado al grupo de escogidos por medio de la sangre de Jesucristo para que sean Su pueblo y Su Iglesia (Léase Hechos 20:28 y 1 Pedro 1:18-21).

c) Son llamados: El Padre los ha llamado por medio del evangelio y a través del ministerio de convicción del Espíritu Santo. Se les concede creer en Su Hijo, pues la fe es un don Dios (Léase Juan 6:18, Efesios 2:8-9 y 1 Pedro 1:23).

d) Son regenerados: No se puede pasar por alto, que el que no nace de nuevo no puede ver el Reino de Dios y son engendrados por voluntad del Padre (Léase Juan 1:12-13; 3:3-6 y Tito 3:5).

e) Son justificados: El Padre declara justo, como acto legal, a todo aquel que confía en Su Hijo para salvación. La justificación es un acto de la libre gracia de Dios y ningún ser humano la puede obtener por fuerzas propias (Léase Romanos 3:21-28).

f) Son adoptados: Así mismo, el Padre declara la adopción a los que han sido redimidos por Jesucristo, llamándolos y haciéndolos Sus hijos (Léase Juan 1:12-13; Efesios 1:5; Hebreos 2:11-15 y 1 Juan 3:1).

g) Son santificados: Es la voluntad de Dios que todo creyente sea santificado, es decir, la santificación es el proceso por medio del cual Dios continúa apartando y distinguiendo a aquellos que han creído en su Hijo. Esto deja fuera de lugar a que la Gracia es una licencia para pecar (Léase Romanos 6 y 1 Tesalonicenses 4:3, 7).

h) Son preservados: Es decir, el Dios Trino se ocupa de conceder todos los medios de gracia para que el creyente pueda ser preservado contra el pecado, el mundo y el diablo; esto para Su gloria (Léase Juan 10:28-29; Efesios 1:13; 1 Juan 2:15-16, 5:18 y Judas 24-25).

i) Son glorificados: En el día de la resurrección, los creyentes en Cristo, tanto muertos como vivos, recibirán nuevos cuerpos con características espirituales y depurados de la contaminación del pecado (Léase Juan 5:24-29, 1 Corintios 15 y 1 Tesalonicenses 4:13-18).

Esto es, en forma resumida, el plan de salvación determinado por el Padre desde de la fundación del mundo respecto a sus escogidos.

La salvación en Cristo se define como “ser salvo del justo juicio de Dios sobre el pecador”. La salvación se recibe solamente por gracia, sólo a través de la fe por la sola obra de Cristo y no por buenas obras que pretenda hacer el hombre (Léase 1 Pedro 1:18-20; Juan 3:16-17; Efesios 1:3-7; 2 Tesalonicenses 2:13 y 1 Timoteo 2:4).

Es decir, Dios en la persona del Padre nos amó de tal forma que Él mandó a Su unigénito Hijo Jesucristo, que, siendo hombre, llevó en Su cuerpo nuestros pecados en la cruz, y murió en nuestro lugar, sufriendo las consecuencias nuestras porque quebrantamos la Ley. Él se hizo pecado a nuestro favor. Como resultado, la justicia de Dios fue satisfecha y los que han depositado su fe en Él, un don de Dios, son liberados del castigo eterno. Solo por medio del Espíritu Santo, la Palabra de Dios y el nuevo nacimiento generado por ambos, le permiten el acceso al Reino de Dios (Léase Génesis 1:26, 3:6-13; Salmo 100:3; Isaías 53:4-6; Daniel 12:2; Mateo 1:21; Marcos 16:16; Lucas 19:10; Juan 3:3-5, 16; 5:28-29; Hechos 4:12, 17:24-29; Romanos 1:21-32, 3:10-12, 23, 5:1-2, 8, 6:23; 2 Corintios 5:21; Efesios 2:1-3, 5, 8-10; Santiago 1:18; 1 Pedro 1:3; 2:24, 3:18; 1 Juan 2:2 y Apocalipsis 21-22).

Por todo lo descrito en párrafos anteriores, especialmente con relación en la persona y obra de nuestro SEÑOR, podemos definir que el mensaje del Evangelio consiste en lo siguiente: Es la proclamación de la persona, vida, obra, muerte, resurrección, ascensión y exaltación Jesucristo. Y todo el que predique un evangelio diferente, es anatema (Léase Gálatas 1:8-10).

Las condiciones que Dios establece para ser salvos son la fe y el arrepentimiento, ambas como dones concedidos por Dios, luego de haber escuchado la predicación del Evangelio; cuya respuesta depende de su estado final puede ser la vida eterna o la condenación eterna (Léase Marcos 1:15, Romanos 10:9; 1 Corintios 1:21; Efesios 2:8-9; Filipenses 1:29 y 2 Timoteo 2:25).

Las evidencias de la conversión y de la santificación del creyente

Creemos y definimos la santificación como “un estado de gracia de parte de Dios al cual entra el creyente al ser regenerado; y a una santidad práctica progresiva en la vida de un creyente mientras aguarda el regreso de Cristo”. Su recepción es inmediata y su desarrollo progresivo. La santificación del creyente es parte de la voluntad de Dios, pues el estado de santidad es lo que permite ver al SEÑOR en Su gloria (Léase Salmo 24: 3-5; 1 Tesalonicenses 4:3, 5:23; Hebreos 12:14 y 1 Pedro 1-16).

Por tanto, creemos que la evidencia interna de la salvación es el testimonio directo del Espíritu Santo, mientras que la evidencia externa es una vida transformada y verdaderamente santa, en crecimiento gradual en fruto, carácter y buenas obras (Léase Romanos 8:16, 29; 2 Corintios 5:17; Gálatas 5:16-25; Efesios 2:10, 4:22-24; Tito 2:12 y 1 Pedro 1:16). Lo cual se insta constantemente a examinarse a sí mismos si se hallan en la fe (Léase 2 Corintios 13:5).

La Iglesia

Creemos que la Iglesia tuvo su origen durante el ministerio de Jesucristo, bautizando a los primeros creyentes en el Espíritu Santo en el día de Pentecostés. Espiritualmente, la Iglesia es el cuerpo místico de Cristo y la habitación de Dios en Espíritu. Solamente pertenecen a la Iglesia aquellos que son creyentes en Cristo, nacidos del Espíritu Santo y cuyo nombres están escritos en el libro de la vida y provienen de toda nación, raza, lengua y época (Léase Mateo 16:18; Juan 3:3; Hechos 2:1-4, 41; 1 Corintios 12:27; Efesios 5:23, 2:19-22; Hebreos 12:23 y Apocalipsis 7:9).

En un sentido general, todo creyente es un ministro. Todos los que son salvos son llamados para servir, testificar, interceder y contribuir. Un llamamiento divino y ministerio escrituralmente ordenados, han sido previstos por el Señor con diversos propósitos (Léase 1 Pedro 2:9, 4:10).

Asimismo, la Iglesia es el centro de la adoración de Dios, la edificación por la sana doctrina de la Palabra de Dios, la disciplina del cuerpo de Cristo y la evangelización del mundo  (Léase Mateo 18; 28:18-20; Marcos 16:15-20; Juan 4:23-24; 1 Corintios 5; Efesios 4:11-13 y Hebreos 12:23).

Las últimas cosas

Creemos en los asuntos relacionados con la Escatología, es decir, la “doctrina de las últimas cosas”; tomando en cuenta la norma de que toda interpretación de la Escatología debe ser Cristológica y dentro del gran panorama divino de la Redención de Dios. Estas últimas cosas son, a saber: El Arrebatamiento y la Segunda Venida, el Juicio Final, el establecimiento del Reino de Jesucristo en Su Segunda Venida y los Cielos nuevos y Tierra nueva.

Afirmamos que la Segunda venida de Jesucristo regresará en forma corporal y visible desde los cielos con gran gloria y majestad y establecerá su reinado sobre todas las naciones (Léase Jeremías 30:7; Zacarías 14:3-5; 1 Tesalonicenses 4:13; Judas 14 y Apocalipsis 6:12-17; 19:15-16).

Afirmamos también que habrá un juicio final en el cual los impíos muertos serán resucitados y juzgados según sus obras. El diablo y sus ángeles, la bestia, el falso profeta y todo aquel que no sea hallado en el libro de la vida, serán consignados a la perdición eterna en el lago que arde con fuego y azufre, esto es la muerte segunda (Léase Mateo 25:46; Marcos 9:43-48 y Apocalipsis 20:10-15, 21:8).

Por último, afirmamos que “Nosotros según sus promesas esperamos cielos nuevos y tierras nuevas, en los cuales mora la justicia” (Léase 2 Pedro 3:13; y Apocalipsis 21:22).

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