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Una doble bienaventuranza (Salmo 1) | 1era. Parte
Publicado por: | 9 enero, 2015 |

Salmo 1:1-2 “¡Cuán bienaventurado es el hombre que no anda en el consejo de los impíos, ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la silla de los escarnecedores, sino que en la ley del Señor está su deleite, y en su ley medita de día y de noche!”.

¿Qué tiene de especial el Salmo 1?

El Salmo 1 sirve de prólogo o de introducción a las cinco colecciones de poemas que forman el el Salterio o libro de los Salmos. Charles H. Spurgeon, el “Príncipe de los predicadores”, dijo en cierta ocasión que este Salmo es “el texto del cual todo el Salterio es el sermón”. No nos indica cuándo fue escrito, pero posiblemente lo fue antes de Jeremías 17:5-8, que es una paráfrasis del Salmo 1 (previo al cautiverio babilónico de las tribus de Judá y de Benjamín, año 586 a. C.).

El Salmo 1 es del tipo didáctico o sapiencial; es un canto de sabiduría. Su propósito es enseñar, guiar, señalar el camino y exhortar a vivir sabiamente con la instrucción de la Palabra de Dios. En él hay un contraste entre aquel que sigue a Dios y aquel que rechaza ese camino; una serie de diferencias muy notorias en cuanto a sus valores, estilos de vida y destinos eternos. 

En síntesis: El Salmo 1 es importante y especial debido a que señala la Palabra de Dios como guía que afecta la conducta, la vida y el destino de aquél que ha sido bendecido con ella.

Una bienaventuranza doble

Tocando el tema de la bendición, según los comentaristas, la palabra “Bienaventurado” se traduce literalmente en hebreo: “¡Oh, la felicidad!” o “¡Qué dichoso!”, así como “bendito” o “feliz” (esta palabra aparece 26 veces en los Salmos). Es una exclamación de fuerte emoción, de gozo o contentamiento en Dios, como si resultara de la meditación de algún asunto relacionado con Él; esta palabra también refiere a declarar felices a una persona o a un grupo de personas, unas veces por lo que son (Léase Lucas 6:20) y otras por lo que hacen (Léase Mateo 5:9). No sólo es la palabra con que comienza este salmo, sino que en ella está la esencia de la promesa dada a aquellos que leen estos Salmos y meditan en ellos.

Notamos que la expresión “¡Cuán bienaventurado es el hombre…!” encierra los versículos 1 y 2. Por ende, es una bienaventuranza que engloba dos aspectos: Uno negativo y otro positivo. En esta ocasión cubriremos el primero.

Una bienaventuranza negativa

Notamos que el vers. 1 describe a un grupo de personas que son descritas con las siguientes características: “impíos”, “pecadores” y “escarnecedores”.

La palabra “impío” significa que es “prisionero de sus malos deseos”. Siendo que el corazón del impío sólo alberga “malos deseos”, no existe en él el deseo de rendir honra y adoración al SEÑOR; mucho menos el de procurar una vida santa; por lo que viven haciendo el mal de una u otra forma.

Ahora bien, “andar en el consejo de los impíos” (vers. 1) significa que quien sigue los consejos de estas personas, participará con ellos su forma de pensar y visión acerca del mundo y cómo interactuar en él. Somos lo que pensamos (Léase Proverbios 23:7; Mateo 15:19-20). De esta manera, todo consejo que solo nace del corazón —de los malos deseos— del hombre influye también en su manera de vivir. Nosotros en algún momento hemos ofrecido o recibido consejos de gente no regenerada como un amigo, un padre, un maestro, etcétera. Muchos de estos consejos son opiniones formadas y personales sin ningún respaldo en la sabiduría divina. Hemos escuchado cosas como: “los homosexuales tienen derecho a casarse, no tenemos por qué discriminarlos”, “practica el adulterio, todo el mundo lo hace”, “di mentiras piadosas de cuando en cuando, al fin que Dios perdona todo”, “No le hagas caso a tus padres, ellos ¿Qué saben?” y otras por el estilo. Por razones obvias, estas ideas y consejos son ajenas al Consejo de Dios revelado en Su Palabra: El SEÑOR no aprueba el matrimonio entre personas del mismo sexo (Léase Romanos 1:26-27; 1 Corintios 6:9-10); además, condena el adulterio, las mentiras y la desobediencia a los padres (Léase Éxodo 20:12, 14; Proverbios 1:8; 12:17; Mateo 5:27-30; Efesios 6:1-4; Colosenses 3:9). La Biblia es clara al confirmar que, antes de la conversión a Jesucristo, todos sin excepción somos impíos aun desde los pensamientos del corazón (Léase Génesis 6:5; Mateo 15:19-20).

La descripción de estas personas que el “bienaventurado” debe evitar continúa. El vers. 1 nos dice: “ni se detiene en el camino de los pecadores”. Los “pecadores” en el vers. 1 significa “uno que yerra el blanco”. Curiosamente, la palabra “Ley” (“Torah”, que también se traduce como “instrucción”, “dirección” o “enseñanza”) del vers. 2 proviene de una raíz hebrea que significa “dar en el blanco” o “tirar una flecha en el blanco”. El pecado, según 1 Juan 3:4, es infracción de la Ley del SEÑOR. La asociación de este grupo de palabras es significativa: Mientras que la Palabra de Dios es la guía e instrucción del “bienaventurado” y cuya obediencia a ella es su objetivo (vers. 2); el pecador es aquel que desvía sus pasos para no seguir ni permanecer la dirección de la Ley. Esto es transgresión e infracción.

Por supuesto, el “camino” del vers. 1, nos dice que esta desobediencia y desviación constituye un estilo de vida, una forma diaria de vivir. El pecador del vers. 1 es alguien que desecha abiertamente la Palabra de Dios y no se conforma a ella, sino a sus propios ideas y deseos (tal y como lo vimos con los “impíos”). Todo lo que haga fuera de la buena voluntad divina revelada en las Escrituras; se consideran malas obras y ofensas contra ella. Su vida y actos estarán siempre en abierta rebelión contra el SEÑOR. Tomando los ejemplos anteriores, no solo un pecador aprueba el adulterio, la mentira y la desobediencia a los padres; sino que también practica lo mismo. Es muy probable que en estas personas estaba pensando Pablo al escribir la sección de Romanos 1: “Los cuales, aunque conocen el decreto de Dios que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también dan su aprobación a los que las practican” (Romanos 1:32). El seguir el consejo de los impíos no se limita con solo escucharlos; también se trata de participar y consentir en sus proyectos y maquinaciones.

Por último, el vers. 1 concluye con otra descripción de los injustos: “ni se sienta en la silla de los escarnecedores…”. Un “escarnecedor” es un burlador, alguien que se mofa de otros. Son los que se burlan de aquellos que quieren vivir agradando a Dios. Las burlas siempre se asocian a los malos deseos de los impíos: “Pero vosotros, amados, acordaos de las palabras que antes fueron dichas por los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo, quienes os decían: En los últimos tiempos habrá burladores que irán tras sus propias pasiones impías. Estos son los que causan divisiones; individuos mundanos que no tienen el Espíritu” (Judas 17-18). Tomando de nuevo los ejemplos citados, estos escarnecedores se reirán de los “bienaventurados”: los que están en contra de los que piensen que el matrimonio homosexual, la desobediencia a los padres, el adulterio y las mentiras piadosas son pecados y que la Biblia condena estas prácticas. ¿Por qué se burlan? Porque para ellos no hay nada mejor que deleitarse en el pecado, y nada peor que ser un “religioso apagado y aburrido” (en términos suyos).

El vers 1. nos presenta una relación concisa: El que sigue el consejo de malos, se identifica con ellos y, además, se burlará de aquellos que no le siguen. Prácticamente es una reacción lógica y consecuente (“impíos”, “pecadores” y “burladores”). Empieza con un asunto de corazón; termina con un escarnio contra el SEÑOR y los Suyos. He aquí el cuadro de la naturaleza corrompida del hombre sin Dios. El Salmista nos asegura que no hay bendición alguna en participar en los consejos y obras de aquellos que no aman a Dios (Léase Romanos 1:30). Es en esto en lo que es ser bienaventurado, dichoso o feliz: en ser santo y apartado de hacer el mal que el SEÑOR aborrece en compañía de aquellos que viven de la misma manera.

La dura realidad se contrasta con una esperanza

¿Cuál es el destino eterno de los impíos, pecadores y escarnecedores? El resto del Salmo 1 nos lo muestra crudamente:

Salmo 1:4-6b “No así los impíos, que son como paja que se lleva el viento. Por tanto, no se sostendrán los impíos en el juicio, ni los pecadores en la congregación de los justos […] mas el camino de los impíos perecerá”.

Este destino, como se habrá imaginado, nos encerraba a todos nosotros. Fuimos nosotros los impíos de corazón, pecadores en nuestras obras y escarnecedores de las cosas de Dios. Nosotros vivíamos siendo injustos y complaciéndonos en nuestra propia corrupción. Hacíamos caso omiso de la voluntad del SEÑOR para nuestras vidas, enredándonos en nuestros propios consejos y maldades. Habíamos desechado la sabiduría de lo alto. Desoímos el consejo eterno de Dios que es vida para nuestras almas. Es justo que el SEÑOR nos pague conforme a nuestras maldades y envanecimientos: “Pues aunque conocían a Dios, no le honraron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se hicieron vanos en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido” (Romanos 1:21). Habíamos deshonrado Su Palabra, hemos desechado Su consejo…

Hasta que la Palabra de Dios que nosotros desechamos con dureza de corazón se hizo carne y habitó entre nosotros (Léase Juan 1:4-5, 14). Vino como luz para alumbrar nuestros ojos, ciegos de las tinieblas espesas de nuestro pecado (Léase 2 Corintios 4:4, 6). Vino a abrirse paso entre nuestras almas para quebrantarlas y humillarlas a los pies de una cruz: la de Jesús el Cristo (Léase 1 Corintios 1:18). Él es la Palabra viva y el camino de salvación (Léase Hechos 16:17). El Justo por los injustos para llevarnos a Dios (Léase 1 Pedro 3:18). El profeta que dio a conocer la voluntad de Dios para salvación a través del Evangelio (Léase Marcos 1:14-15; Juan 14:24). Dios siguió hablando a través de Cristo Jesús acerca de un mensaje de esperanza por el cual podríamos ser salvos de la Ira del SEÑOR (Léase Romanos 5:9; Hebreos 1:1-2). La justicia es dada por fe, que la gracia se extiende a nosotros, que la Ira se ha apaciguado, que tenemos perdón de pecados en el nombre de Jesucristo (Léase Hechos 10:43; Romanos 3:22; Efesios 2:5, 8-9; 1 Juan 2:2). Como dice otro salmista: “No nos ha tratado según nuestros pecados, ni nos ha pagado conforme a nuestras iniquidades” (Salmo 103:10). Ninguna condenación hay para aquellos que se arrepienten y creen en Su nombre (hechos 20:21; Romanos 8:1).

¡Bienaventurado aquél que oye la Palabra del Evangelio, la recibe y da fruto! (Léase Salmo 1:3; Mateo 13:23).

Continuamos en la segunda parte. Solo resta decir:

¡Sólo a Dios la Gloria!


*Las referencias bíblicas están tomadas de la versión “La Biblia de las Américas” (LBLA), a excepción de que se indique expresamente otra versión.

Bibliografía consultada (del software de ‘E-Sword’):

(1) Diccionario STRONG.

(2) Comentario de la ‘Biblia Plenitud’.

(3) Biblia Comentada ‘Profesores de Salamanca’.

(4) Comentario Bíblico ‘Mundo Hispano’.

(5) Comentario de la ‘Biblia del Diario Vivir’.

(6) Comentario de Jamiesson-Fausset-Brown.

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