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Jesús y Su oficio de Profeta
Publicado por: | 3 enero, 2016 |

Los tres oficios con relación al Mesías

Juan Calvino, uno de los reformadores, defendió los tres oficios como funciones del ser Mesías, el ungido, porque estos tres eran ungidos en el AT:

“Debemos, pues, advertir que el nombre de Cristo se extiende a estos tres oficios. Porque es bien sabido que tanto los profetas, como los sacerdotes y los reyes, bajo la Ley eran ungidos con aceite sagrado, dedicado a esto. De aquí que al Mediador prometido se le haya dado el nombre de Mesías, que quiere decir “ungido”. Y aunque admito que fue así llamado especialmente por razón de su reino, sin embargo también la unción profética y sacerdotal conservan su valor y no se deben menospreciar” (Instituciones 2:15:2).

Como bien dijo Calvino, la palabra “Ungido” se asocia con el Mesías o Cristo. En el AT esta palabra se utilizaba para referirse a alguien que había sido ungido (es decir, que había sido cubierto con aceite) como señal de haber sido nombrado por Dios en alguna función u oficio. Por ejemplo:

(1) Los sacerdotes. En especial el sumo sacerdote, eran ungidos (Léase Exódo 30:30).

(2) Los profetas. Por ejemplo, el profeta Elías fue ungido (Léase Reyes 19:16).

(3) Reyes. Por ejemplo, a Ciro, el Rey persa que liberó a los exiliados, también se lo describe como ungido por Dios (Léase Isaías 45:1).

(4) El Mesías. El Rey de Dios en Israel es el Ungido de Dios, Su Mesías (Léase 2 Samuel 7:12-16; Salmo 2).

Por tanto, Jesucristo es el Ungido de Dios y cubre los tres oficios (Léase Marcos 1:1).

R. L. Dabney dijo que estos oficios corresponden a nuestras tres fallas: Ignorancia, culpa y rebelión: El oficio de profeta cubre nuestra ignorancia acerca de la voluntad del SEÑOR; el oficio de sacerdote cubre nuestra culpa por causa de nuestros pecados; y el oficio de rey cubre nuestra rebelión porque no nos sometemos a la soberanía y gobierno de Dios.

El primero de los oficios de Cristo en la economía de la Redención que trataremos en esta ocasión es el de Profeta. En términos generales, el profeta revela la voluntad de Dios por medio de la Palabra, es decir, a través de un mensaje de parte de Dios por el cual se da a conocer. Además, Cristo, por medio del Espíritu Santo, es quien suministra el conocimiento de Dios (lo que involucra un proceso de inscrituración llamado la “Inspiración de Dios”; léase 2 Timoteo 3:16-17; 2 Pedro 1:21). Aunado a lo anterior, el propósito por el cual Dios comunica Su Palabra por medio de un profeta es dar a conocer la salvación por medio de Jesucristo.

Características del oficio de profeta

En la Biblia tenemos una serie de características que describen el oficio de profeta (por supuesto, esta lista no es exhaustiva):

(1) El profeta comunicaba una revelación de parte de Dios. El Profeta es alguien que “revela”. La palabra “revelar” significa “descubrir el velo”. Revelar es dar a conocer algo que nadie más sabe y que solo proviene de parte de Dios. Un ejemplo de ello son los seis días de la Creación en Génesis 1. Moisés, el escritor, no fue testigo de ese hecho histórico y verídico; sólo pudo saberlo debido a que el SEÑOR se lo dio a conocer.

(2) El profeta es alguien que hablaba en nombre de Dios. Según el uso bíblico, un profeta es “uno que habla en nombre de otro”: “Entonces el Señor dijo a Moisés: Mira, yo te hago como Dios para Faraón, y tu hermano Aarón será tu profeta” (Éxodo 7:1). Moisés debía ser la fuente autoritativa a comunicar, y Aarón el vocero de la misma. Ésta es la relación del profeta con Dios. Dios comunica, y el profeta anuncia el mensaje que ha recibido y es transmitido a los hombres. Un profeta, por tanto, es aquel que habla en nombre de Dios.

(3) El profeta daba a conocer la voluntad salvífica de Dios. Los profetas eran voceros de Dios, especialmente elegidos para revelar Su voluntad y propósito salvíficos (Léase Éxodo 5:1-3; 19:1-8; 1 Reyes 17:1-6). Siempre las profecías tienen relación con el plan redentor de Dios para la humanidad. Los profetas proclamaban, llenos del Espíritu Santo, misterios o doctrinas relacionadas con Jesucristo y el Reino de Dios. Una vez conocido Su propósito, todas las demás características de este oficio giran en este denominador común: La redención en Cristo Jesús.

(4) El mensaje de Dios se proclamaba de formas diversas. Esta proclamación podía ser a través de decretos, discursos, escritos, teofanías, sueños, visiones, ángeles; etcétera; pero en todos los casos daba a conocer lo que Dios le había revelado al profeta primero. Por ejemplo, los sueños de José hijo de Jacob y del profeta Daniel (Léase Génesis 37:5-11; Daniel 7); o las visitaciones de ángeles a Jacob y Gedeón (Léase Génesis 32:22-30; Jueces 6:11-24). La función de todas estas formas de revelación era revelar la voluntad de Dios para salvación de Su pueblo. Los profetas esperaban que al declarar las palabras del SEÑOR en forma escrita, siguieran desafiando e incentivando a su pueblo (Léase Deuteronomio 31:9-13; Jeremías 36:1-8).

(5) Las profecías eran confirmadas por las obras poderosas de Dios. Una y otra vez leemos que las promesas hechas por medio de los profetas eran confirmadas y cumplidas a través de obras poderosas realizadas por Dios (Léase Éxodo 14:13-31; Josué 21:43-45). Por ejemplo, en Éxodo 14:13-31, Dios dio directrices por medio de Moisés para conducir a Su pueblo a través de un camino abierto entre el Mar Rojo, a fin de salvarlos de la amenaza de Faraón y su ejército. De esta manera, Dios confirma Su mensaje profético con obras poderosas.

(6) Las profecías tenían elementos predictivos. La predicción del futuro era sólo  una parte incidental en la obra del profeta, porque algunas de las comunicaciones que recibió se referían acontecimientos futuros. Las predicciones proféticas no tenían el propósito de revelar sucesos futuros ambiguos (como la adivinación o el averiguar asuntos humanos como el porvenir acerca del matrimonio, el empleo, los hijos, las enfermedades; etcétera), sino que contenían dos elementos comunes: Eran predicciones de juicio y de exhortación a tener esperanza. El ejemplo más claro de ello, eran los profetas del AT quienes proclamaban juicio a los reinos de Israel y de Judá porque no se volvían de sus pecados. Pero también exhortaban a creer en las misericordias de Dios y en Su propósito redentor (Léase 1 y 2 Samuel, 1 y 2 Reyes).

Los primeros profetas en la Biblia

El término “profeta” se usa por primera vez en la Biblia para Abraham (Léase Génesis 20:7). Pero desde la historia primigenia, algunas personas servían como voceros de la verdad divina. Estos fueron: Enoc (Léase Judas 14, Génesis 5:18); Noé (Léase 2 Pedro 2:5, 1:20-21); Isaac (Léase Génesis 27:28-29, 40); y Jacob (Léase Génesis 49).

Moisés fue el primero en ser escogido como profeta. En Deuteronomio 18:15-20, Dios prometió que le seguiría una sucesión de profetas, hasta que al fin se levantaría el supremo profeta (similar a Moisés) cuyas palabras tendrían la autoridad definitiva. Tal sucesión de profetas continuó a través del resto de la historia del AT. Pero es evidente que, desde la venida del SEÑOR Jesucristo y el cierre de la Biblia, no ha surgido ningún profeta con tales características citadas arriba.

Cómo Cristo ejecuta el oficio de Profeta

Según Charles Hodge y otros comentaristas, Cristo cumple su oficio de profeta en los siguientes aspectos:

(1) Como el Verbo o la Palabra (Logos). Jesús es la fuente de todo  conocimiento para el universo inteligente y para los hombres. Él es la verdad y en Él moran todos los  tesoros de la sabiduría y del conocimiento (Léase Juan 1:1-4; Colosenses 2:2-3).

(2) Como la fuente dadora del conocimiento de Dios. Antes de Su encarnación, Jesucristo reveló a Dios, y Sus propósitos y voluntad de dos formas: Con manifestaciones personales de Sí mismo a los patriarcas y profetas (Las teofanías, es decir, apariciones de Jesucristo antes de Su encarnación); y por medio de Su Espíritu al revelar la verdad y la voluntad de Dios, mientras inspiraba a los profetas del AT para señalar a Cristo: “Procurando saber qué persona o tiempo indicaba el Espíritu de Cristo dentro de ellos, al predecir los sufrimientos de Cristo y las glorias que seguirían” (1 Pedro 1:11).

Durante Su ministerio terrenal, prosiguió el ejercicio de Su oficio de profeta. Como hemos citado arriba, en la época de Jesús había la esperanza de un profeta semejante a Moisés (Léase Deuteronomio 18:15); por tal motivo un grupo de judíos ansiosos se acercaron a Juan el Bautista y le preguntaron: “¿Eres el profeta?” (Léase Juan 1:21).

Jesucristo es El Profeta en el sentido como lo señala la Carta a los Hebreos (Léase Hebreos 1:1-2). A diferencia de otros profetas, Él anunció la voluntad de Dios con autoridad propia (Léase Marcos 1:27; Mateo 5:21-22). Su papel como profeta es confirmado mediante su doctrina, que abarca la sabiduría de Dios, las Escrituras, la ley y los profetas, el Evangelio; y en todo lo que Él enseña acerca de Su propia persona y obra, y con respecto al progreso y consumación de Su reino. Él mismo afirmaba que Su Palabra era del Padre que le envió y se adjudicó el oficio de profeta; además de ser el cumplimiento de las profecías del AT (Léase Mateo 13:57; Lucas 24:25-27, 44-47; Juan 6:14; 12:49–50; 14:24). Fue un profeta hablando de cosas del futuro de lo que Dios iba a hacer: Las señales de los últimos tiempos, su retorno y la morada que Dios tiene para sus discípulos. Predijo Sus sufrimientos, Su muerte y Su resurrección (Léase Marcos 8:31-33; 9:31-32; 10:32-34). En el Monte de la Transfiguración en donde la voz de Dios habló desde los cielos, mandó que Su Hijo sea escuchado, confirmando así Su oficio profético con una portentosa señal de los cielos (Léase Mateo 17:5). Fue considerado por muchos como un profeta poderoso en obra y en palabra (Léase Lucas 24:19). Finalmente, el apóstol Pedro identifica a Cristo como el Profeta que Moisés predijo (Léase Hechos 3:22-23, 26).

(3) Como la revelación y poder del Evangelio. Desde Su ascensión, Él lleva a cabo el mismo oficio en varios aspectos: Cristo desempeñó Su oficio profético por medio de Su Santo Espíritu; inspirando a Sus discípulos y lo que escribieron algunos de ellos (Léase 2 Pedro 1:21). Los apóstoles miraban en el AT a Cristo, e interpretaban su vida en las profecías (Léase Lucas 24:25-27, 44-47). Además, el Espíritu Santo ilumina la mente de los creyentes, clarificando las Escrituras conforme a Su promesa (Léase Juan 14:26; 1 Juan 2:20, 27).

La revelación final

Ahora bien, la profecía ha cesado con el último libro de la Biblia: El Apocalipsis. Ya no hay más revelaciones dadas por el Espíritu Santo para enseñarnos. Como bien dice la Escritura, la última revelación dada por Dios fue Su Hijo, Jesucristo:“Dios, habiendo hablado hace mucho tiempo, en muchas ocasiones y de muchas maneras a los padres por los profetas, en estos últimos días nos ha hablado por su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas, por medio de quien hizo también el universo” (Hebreos 1:1-2).

Cristo fue la última revelación de todos los profetas del NT. Y el último libro, el Apocalipsis, es la última revelación y enseñanza dada por nuestro SEÑOR (Léase Apocalipsis 1:1). Este libro profético cierra con una severa advertencia: “Yo testifico a todos los que oyen las palabras de la profecía de este libro: Si alguno añade a ellas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro; y si alguno quita de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del árbol de la vida y de la ciudad santa descritos en este libro” (Apocalipsis 22:18-19).

El canon de la Biblia se ha cerrado y ya no ha habido más profecía ni enseñanza. Con esto en mente, toda la Escritura está completa y tenemos la Palabra profética más segura. Si alguno dijere que hay todavía revelación, se halla en problemas: Porque está añadiendo algo más al canon bíblico y porque atrae sobre sí mismo las maldiciones de Dios. La Biblia nos exhorta a estar alertas contra los falsos profetas (Léase Isaías 30:10; Jeremías 23:16-32; Mateo 7:15-23, 24:4-5, 24; 2 Pedro 2:1; 1 Juan 4:1; Judas 3-16). La Palabra de Dios afirma sobre Sí misma: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16-17). Cito a Martín Lutero: “Le hice una petición a Dios: Que Él no me mande visiones, ni sueños, ni siquiera ángeles. Estoy satisfecho con el don de las Escrituras Sagradas, que me dan instrucción abundante y todo lo que preciso conocer tanto para esta vida cuanto para lo que ha de venir”. Por tanto, sólo la Biblia es suficiente. ¡Es la Palabra de Cristo! (Léase Colosenses 3:16).

En conclusión…

Al recibir a Cristo, estamos recibiendo a un profeta que nos dice qué creer y qué hacer. Él proclamó nuestra necesidad de arrepentirnos y creer en Él (Léase Marcos 1:15); además del perdón de nuestros pecados (Léase Colosenses 1:14). Si Cristo es profeta entonces debemos  escucharle. Recordemos que hay consecuencias si no lo hacemos:  Si nos negamos, ignoramos o rechazamos Su Palabra, no podremos conocer a Dios y la grandeza de Su salvación por gracia. Esto implica, por tanto, creer en Su Palabra, porque es autoritativa. Creer el Evangelio que Cristo vino a proclamar.

¡Sólo a Dios la Gloria!

*Las referencias bíblicas están tomadas de la versión “La Biblia de las Américas” (LBLA), a excepción de que se indique expresamente otra versión.

Bibliografía consultada: 

(1) “Instituciones de la Religión cristiana” (Tomo I) | Juan Calvino. Libro II, capítulo XV, sección 2; pág. 366. Editorial FELIRE.

(2) (Faltan más libros de consulta pendientes)

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