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Fortaleza Espiritual [Día 4] | Gaby Moreno
Publicado por: | 1 octubre, 2017 |

Nota del editor: La siguiente colaboración de Gaby Moreno es parte de una serie intitulada: “Voz desde el desierto”.

“Dios, Dios mío eres tú; De madrugada te buscaré; Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, En tierra seca y árida donde no hay aguas…” (Salmos 63:1).

Hemos ya visto distintos tipos de desierto a los cuales somos llevados, unos a causa de nuestros propias decisiones o las de otros, pero al final todos dispuestos por Dios para purificarnos como al oro, para hablar a nuestros corazones lejos del bullicio.

Tarde o temprano todo cristiano es llevado a través de uno o varios de ellos con el fin de prepararle para Su servicio. Para el hijo de Dios que es llamado a servir es necesario un tiempo de preparación. Un tiempo apartado con el Señor para fortaleza. Untiempo de oración y meditación en Su Palabra, de Adoración, de fortalecerse en las profundidades de la comunión con Cristo.

Antes de comenzar su ministerio Cristo es llevado por el Espíritu al Desierto y tras 40 días de ayuno es tentado por el diablo:

“Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto por cuarenta días, y era tentado por el diablo. Y no comió nada en aquellos días, pasados los cuales, tuvo hambre” (Lucas 4:21-22).

Respondiendo con las Escrituras hace lo que Adán en el Huerto del Edén no pudo. A su “¿Con que Dios os ha dicho…?” Cristo responde lo que Dios SÍ había dicho. ¿Cómo daremos razón de la esperanza que hay en nosotros si no conocemos las Escrituras, si no meditamos en ellas? ¿Como haremos frente a las adversidades y conflictos, el desánimo, situaciones que se presentan en el camino de servir a otros, si no hemos invertido tiempo en la comunión en oración y meditación de Su Palabra?

Dentro de Su ministerio Cristo se apartaba a lugares desiertos para orar:

“Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba” (Marcos 1:35).

Se levantaba muy de mañana al monte a orar; es una necesidad y un deleite la comunión que podemos experimentar lejos del ajetreo cotidiano, y preparando nuestro corazón para las situaciones y las actividades necesarias a lo largo del día. Martín Lutero decía: “Tengo tantas cosas que hacer hoy, que pasaré las tres primeras horas orando”. Si comprendieramos como siervos del Señor que no es nuestro esfuerzo sino Su poder actuando en vasijas de barro, pasaríamos más tiempo ante Dios fortaleciéndonos en Él y el poder de Su fuerza.

Moisés pasó 40 días en el monte Sinaí delante de la presencia de Dios, recibiendo las leyes para el pueblo de Israel.

“Prepárate, pues, para mañana, y sube de mañana al monte de Sinaí, y preséntate ante mí sobre la cumbre del monte. Y él estuvo allí con Jehová cuarenta días y cuarenta noches; no comió pan, ni bebió agua; y escribió en tablas las palabras del pacto, los diez mandamientos.  Y aconteció que descendiendo Moisés del monte Sinaí con las dos tablas del testimonio en su mano, al descender del monte, no sabía Moisés que la piel de su rostro resplandecía, después que hubo hablado con Dios” (Éxodo 34:2, 28-29).

El pueblo ya lo daba por muerto al ausentarse tanto tiempo, sin embargo al descender su rostro resplandecía, de modo que tenía que usar un velo para no atemorizar al pueblo. El tiempo de comunión con el Señor es proporcional a lo que reflejarás de Él mismo en tu servicio a otros.

Después de grandes despliegues del poder de Dios, temporadas de servicio a otros, momentos “cumbre”, aparece entonces una necesidad apremiante de fortaleza. Elías nos muestra claramente este desierto.

“Y él se fue por el desierto un día de camino, y vino y se sentó debajo de un enebro; y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres. Y echándose debajo del enebro, se quedó dormido; y he aquí luego un ángel le tocó, y le dijo: Levántate, come. Y volviendo el ángel de Jehová la segunda vez, lo tocó, diciendo: Levántate y come, porque largo camino te resta. Se levantó, pues, y comió y bebió; y fortalecido con aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta Horeb, el monte de Dios” (1 Reyes 19:4-5, 7-8).

Después de enfrentarse a los sacerdotes de Baal y dirigir al pueblo a matarlos luego de haber mostrado el SEÑOR que Él era el único Dios verdadero; Elías huye al desierto por temor a Jezabel. Se sienta bajo un enebro y pide a Dios mejor morir, pero es alimentado y fortalecido; y camina 40 días y noches en el desierto hasta llegar a Horeb, el monte de Dios. Ahí Dios se aparece en el silbo apacible, animando y fortaleciéndole; su labor no había sido en vano, no solo quedaba él, sino que había 7000 rodillas que le temieran y un sucesor suyo para continuar su labor. Como decía Spurgeon: “Si usted está completamente solo, ¡Qué bueno! Tiene más espacio para Dios”.

¿Es Dios Tu fortaleza? ¡Tengamos ánimo a fortalecernos en el SEÑOR!

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