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ENTRANDO AL DESIERTO [DÍA 1] | GABY MORENO
Publicado por: | 7 marzo, 2017 |

Nota del editor: La siguiente colaboración de Gaby Moreno es parte de una serie intitulada: “Voz desde el desierto“.

“Así ha dicho Jehová: Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová. Será como la retama en el desierto, y no verá cuando viene el bien, sino que morará en los sequedales en el desierto, en tierra despoblada y deshabitada” (Jeremías 17:5-6).

Hablando de desiertos: Ese inhóspito lugar donde la vegetación es poca, donde el agua es escasa, donde la inminencia de la muerte se siente mas cercana. El desierto en la vida del cristiano no difiere mucho a este paisaje. Sientes a Dios lejano, ajeno a ti o tus situaciones; intentas orar o leer y tu corazón se siente apático, indiferente. Si eres como muchos, seguirás congregandote como mero ritualismo y mantener las apariencias; pero la realidad es que te obligas a ir, escuchando sin escuchar y pareciendo todo sin vida. Otros de plano si dejan de asistir y la vida se vuelve amargura, porque no pueden vivir y disfrutar de los “placeres” del pecado, porque en su mente saben el camino al que lleva; pero tampoco pueden disfrutar del gozo y la libertad de la real comunión con Cristo. Andando como muertos en vida y, peor aún, que saben lo que es tener vida y ahora sentirlo tan lejano y ajeno.

Otro tipo de desierto es el sentido en la aflicción extrema, donde Dios pareciera estar ausente o sin respuestas para nuestra situación; siendo un “dios” impasible e indiferente. O sintiendo el poco apoyo de tu familia en la fe en momentos de aflicción. Donde los “amigos de Job” aparecen y solo sientes nauseas de la falta de compasión de otros.

¿Crees solo a los peores, mas débiles y miserables cristianos les pasa? ¡No! Todo verdadero cristiano en una o incluso varias ocasiones (como ha sido mi caso) le es necesario pasar por ahí (quizá porque todos somos los mas viles, débiles y miserables).

Elías tuvo su “desierto” despues de un momento cumbre. Se enfrentó ante 400 sacerdotes de Baal con una firmeza asombrosa en confianza de que Dios era Dios. Sin embargo, unos versículos mas adelante vemos que huye al desierto atemorizado por Jezabel y con cierta amargura de “sólo el amar a Dios” (Por cierto recomiendo la lectura de “La vida de Elias”de Arthur Pink).

Vemos a Pedro después de una declaración asombrosa dada por el Espíritu “Tu eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”; unos pasajes después negar al Señor e incluso maldiciendolo, salió a llorar con amargura después de ver lo que había hecho.

Vemos a David, el hombre conforme al corazón de Dios, pecar contra Él y su corazón endurecido al punto que no es sino hasta la reprensión de Natán que es consciente de el estado de su corazón; como lo refleja en el Salmo 51.

Y podría seguir y seguir con cada personaje bíblico, con cada cristiano “prominente” en la historia; pero sobre todo con cada cristiano honesto consigo mismo.

“Cuando vieron esto los fariseos, dijeron a los discípulos: ¿Por qué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores? Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento” (Mateo 9:11-13).

“Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (Lucas 18:10-14).

“Pero he aquí que yo la atraeré y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón” (Oseas 2:14).

Todos somos llevados al Desierto. ¡No estás solo!

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