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EL PODER SANADOR DEL PERDÓN | CARLOS ARACIL ORTS
Publicado por: | 20 abril, 2017 |

1) Introducción

Dios sana los corazones a través de Su perdón. El perdón de Dios tiene el poder de dar la paz, sanar y salvar a los seres humanos que se acogen a él (Ro. 5:1), porque está asociado, y es inseparable, a la redención que Jesucristo efectuó con su muerte en la cruz, es decir, Él pagó con su sangre preciosa el precio del rescate por nuestros pecados (1ª Pedro 2:18-20).

1 Pedro 1:18-20: sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata,  (19)  sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación,  (20)  ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros…

Su sangre, o sea, su vida fue el precio que Él tuvo que pagar para volver a comprar lo que como Creador ya le correspondía: “Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; (19) que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. (20) Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. (21) Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:17-21).

Como podemos deducir, la aceptación del sacrificio de Cristo conduce al perdón de todos nuestros pecados, y a ser hechos “justicia de Dios en Él”, es decir, a ser justificados ante Dios (Ro. 3:24), lo que significa santificados (Hebreos 10:14) y salvados, y haber “pasado de muerte a vida” (Juan 5:24).

Además, la aceptación del perdón de Dios es el fundamento para que nosotros seamos capaces de perdonar –“setenta veces siete” (Mt. 18:22; Lc. 17:3-4)– las ofensas de nuestros semejantes, y de perdonarnos a nosotros mismos.

Mateo 18:21-22: Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?  (22)  Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete.

Lucas 17:3-4: Mirad por vosotros mismos. Si tu hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale. (4) Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: Me arrepiento; perdónale.

Todo esto es lo que trataré de exponer con algo más de detalle a continuación.

2) Dios es el único que puede perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.

A continuación cito algunos textos más que nos hablan de que Dios es el único que puede perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad: ….si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:18).

Éxodo 34:7: [Dios] que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación.

Salmos 86:5-6: Porque tú, Señor, eres bueno y perdonador, Y grande en misericordia para con todos los que te invocan. (6) Escucha, oh Jehová, mi oración, Y está atento a la voz de mis ruegos.

Salmos 103:3-4: Él es quien perdona todas tus iniquidades, El que sana todas tus dolencias; (4) El que rescata del hoyo tu vida, El que te corona de favores y misericordias;

Isaías 43:25: Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados.

Jeremías 31:34: Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado.

Daniel 9:9: De Jehová nuestro Dios es el tener misericordia y el perdonar, aunque contra él nos hemos rebelado,

Miqueas 7:18: ¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia.

Mateo 9:6: Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dice entonces al paralítico): Levántate, toma tu cama, y vete a tu casa.

Marcos 2:7: ¿Por qué habla éste así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?

Jeremías 33:8: Y los limpiaré de toda su maldad con que pecaron contra mí; y perdonaré todos sus pecados con que contra mí pecaron, y con que contra mí se rebelaron.

3) Perdonar para ser perdonado

Dios pide que perdonemos a los que nos ofenden porque Él, siendo nosotros pecadores y sus enemigos (Ro. 5:10), nos perdonó en Cristo:  “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, (5) aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), (6) y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, (7) para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús” (Efesios 2:4-7). Leamos también el contexto de estos hermosos pasajes:

Efesios 2:1-10: Y Él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, (2) en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, (3) entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. (4) Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, (5) aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), (6) y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús,  (7)  para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. (8) Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; (9) no por obras, para que nadie se gloríe. (10) Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.

Por tanto, si no somos capaces de perdonar denotaría que no hemos entendido ni apreciado la Gracia y Misericordia que Dios nos ha dado a través del sacrificio de su Hijo Jesucristo: “Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida” (Romanos 5:10).

Es decir, debemos ser consecuentes y corresponder con agradecimiento al “gran amor con que [Dios] nos amó, (5) aun estando nosotros muertos en pecados” (Efesios 2:4-5). Ser agradecidos a Dios es, pues, no olvidar jamás “que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, (19) sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, (20) ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros…”(1 Pedro 1:18-20).

La parábola de “Los dos deudores” (Mateo 18:23-35), que relató Jesús, incide en el lógico requerimiento de Dios de que perdonemos para ser perdonados. Leámosla a continuación, y, en mi opinión, no precisa comentario alguno por su sentido y claridad evidentes:

Mateo 18:23-35: Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. (24) Y comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. (25) A éste, como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a su mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la deuda. (26) Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. (27) El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda. (28) Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios; y asiendo de él, le ahogaba, diciendo: Págame lo que me debes. (29) Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. (30) Mas él no quiso, sino fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase la deuda. (31) Viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había pasado. (32)  Entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. (33) ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti? (34) Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía. (35) Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas.

Ahora podemos comprender mejor que, aunque el perdón procede de Dios, el requisito previo para que Él nos perdone consiste en que también perdonemos las ofensas que nuestros semejantes hayan podido hacernos en algún momento de nuestra vida (Mateo 6:12; 11:25-26; Lucas 6:37).

Mateo 6:12: Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.

Marcos 11:25-26: Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas. (26) Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas.

Lucas 6:37: No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados.

Por lo tanto, para que Dios nos perdone tenemos que haber perdonado antes a los demás, y también a nosotros mismos; porque si no tenemos misericordia con nosotros mismos y con nuestros semejantes, tampoco Él nos perdonará.

4) Requisitos para ser perdonados: Arrepentimiento de los pecados cometidos y confesión a Dios.

Sin embargo, el perdón así como el amor proceden de Dios, y para que podamos recibirlos debemos creer en Jesucristo como nuestro Salvador y Redentor, y además arrepentirnos de nuestros pecados y confesarlos a Él, y pedir perdón a la persona o personas afectadas por nuestra ofensa (Mateo 18:21-22).

Proverbios 28:13: El que encubre sus pecados no prosperará; Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.

Lucas 13:3: Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente.

Hechos 2:38: Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.

Hechos 3:19: Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio,

Hechos 26:15-18: Yo entonces dije: ¿Quién eres, Señor? Y el Señor dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. (16) Pero levántate, y ponte sobre tus pies; porque para esto he aparecido a ti, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que me apareceré a ti, (17) librándote de tu pueblo, y de los gentiles, a quienes ahora te envío, (18) para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados.

2 Corintios 7:10: Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte.

1 Juan 1:9: Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.

Se necesita creer que la sangre derramada de Jesucristo nos redime y borra todo pecado.

Creer en el “YO SOY”  (Juan 8:24) es creer que Jesucristo es Dios y que Él nos ha redimido o rescatado cuando se hizo carne y se entregó en la cruz por todos los creyentes, es decir, que Su sangre nos redime de todo pecado.

Mateo 26:28: porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados.

Juan 8:24: Por eso os dije que moriréis en vuestros pecados; porque si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis.

Hebreos 9:22: Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión.

Hebreos 10:17: añade: Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones.

1 Juan 1:7: pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.

La incredulidad es, pues, el mayor inconveniente, porque nos aleja de la condición indispensable del perdón que es el arrepentimiento de nuestros pecados y su confesión a Dios. Veámoslo:

Juan 8:24: Por eso os dije que moriréis en vuestros pecados; porque si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis.

5) Sin amor no hay perdón

El perdón está relacionado con el amor. Por eso el que no tiene amor en su corazón no puede perdonar. El amor es un mandamiento de nuestro Señor Jesús (Mateo 5:43-46; cf. Juan 13:34)

Mateo 5:43-46: Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. (44) Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; (45) para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos.  (46)  Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos?

Y también un fruto del Espíritu Santo que se produce cuando Él mora en cada cristiano (Gálatas 5:22); de ahí que Jesús dijera “…aquel a quien se le perdona poco, poco ama” (Lc. 7:47).

Lucas 7:47: Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama.

Gálatas 5:22-23: Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe,  (23)  mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.

Dios es misericordioso y perdonador, y “muestra su amor para con nosotros, en que siendo pecadores. Cristo murió por nosotros” (Ro. 5:8);  “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

6) Conclusión

Jesús mandó a sus discípulos “que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lucas 24:47). Y Él obtuvo el perdón de todos nuestros pecados mediante su sangre derramada, y con ello la reconciliación con Dios:

2 Corintios 5:17-21: De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. (18) Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; (19) que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. (20) Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. (21) Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.

Sin embargo, el perdón debe ir acompañado del amor, pues sin amor no hay perdón; y ese amor solo es posible en un corazón convertido a Cristo en el que opera la Gracia de Dios por medio de Su Santo Espíritu:

Colosenses 3:12-14: Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; (13) soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. (14) Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto.

Afectuosamente en Cristo.

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